Es muy alentador sentirse halagado, querido, respetado, aceptado, los seres humanos vivimos en constante búsqueda de aprobación, en cada momento estamos expuestos a demostrar nuestros conocimientos, nuestras habilidades. Desde la guardería se reconocen líderes y el resto de los niños buscarán actuar de una y mil maneras para agradarles hasta formar parte de su grupo, así vamos creciendo, sólo cambian los escenarios y los personajes, a veces son los amigos, los hermanos, los maestros, los compañeros de trabajo, etc. Pero realmente la clave para determinar nuestra capacidad de tolerancia a la desaprobación surge de la relación con nuestros padres.

A veces es de manera directa, cuando ellos nos corrigen “no es correcto”, “no esperaba eso de ti”, “te ves mal haciendo eso”, etc. e indirectamente cuando en la relación padre-madre uno o ambos desacreditan los actos y omisiones del otro y nos van formando esa conducta que nos enseñará a que debemos conducirnos de acuerdo a las expectativos de los demás, por lo tanto en el momento en que alguien por simple que parezca la situación, llega a dejarnos fuera de un equipo de trabajo escolar, de su círculo de amigos, de su elección de pareja, de su lista de invitados o de cualquier actividad en la que asumimos eramos dignos de formar parte y fuimos excluidos, la alerta se enciende y mandamos el mensaje de “es que no soy bueno para…”, “no le intereso a…”, “no sirvo para…”, “Siempre es igual” y vamos a poco a poco sembrando la semilla de: “haga lo que haga me volverán a dejar fuera”. Nos convertimos en barco de vela que se mueve al placer de viento, en seres inseguros que actúan a merced de las decisiones de otros…

En cambio, cuando recibimos desde pequeños la acariciadora noticia de nuestros padres de que somos únicos e irrepetibles, capaces e inteligentes, hermosos! nos programamos para soportar con mayor facilidad un posible rechazo a futuro, porque confiamos en nuestras facultades, sabemos que dentro de nosotros existe una razón que nos brinda seguridad en nosotros mismos, y nuestras decisiones, tenemos suficiente claridad para entender que “Si en esta ocasión no me eligieron, es porque puedo obtener una oportunidad mejor”, no nos estancamos por grande o pequeña que interpretemos la desaprobación, porque nos aceptamos, nos conocemos y reconocemos nuestro propio valor sea claro o no para los demás, esa es la mejor receta para la autoconfianza y es que sabes… “No hay nadie como tú”!

Por: Imelda Lepe Beas
Lic. en Cs. de la Comunicación y Terapeuta Gestalt

Fotografía por Arwen Abendstern