En un principio la cantidad de personas que visitaban la casa de la niña Flora para que las curara de sus penas y tristezas era reducido,  pero cada día que pasaba iba en aumento.

La abuela estaba encantada por la fama, que de boca en boca había adquirido su nieta en tan corto tiempo. La niña  no necesitó de la televisión para darse a conocer. Además la  anciana estaba muy contenta con la gran cantidad de regalos que le hacían a Flora y a ella como agradecimiento, ya que a nadie se le cobraba consulta, ni las mini tabletas o el brebaje tenían un costo.

Apenas amanecía y ya afuera de la casa había una larga fila de personas, todas adultas, porque los niños todavía no sabían de penas, esperando que Flora empezara sus curaciones. La niña no desayunaba tranquila, tomaba algo rápido porque no quería hacer esperar, sobre todo a las personas que venían a verla desde muy lejos.

La vieja mesa que siempre había estado en el comedor, la que todo el tiempo estaba adornada con ramos de flores silvestres y del jardín de la casa, era colocada en un portal que daba al patio de la casa. Una silla alta, con dos gruesos cojines  eran  necesarios para que Flora, ya sentada, pudiera apoyar los codos sobre sus bordes y de una manera más cómoda atender a los visitantes.

Así iban pasando los días, haciendo lo mismo a diferentes horas. Aquella situación ya empezaba a molestar a Flora porque tenía que levantarse antes de la salida del sol e irse a la cama mucho después de que se obscurecía. A la abuela le sucedía lo mismo. Aunque ella no era la que curaba, tenía que acompañar a su nieta todo el tiempo que ésta estuviera curando las tristezas de los demás. Las dos se sentían cansadas, ya casi no platicaban entre ellas. A veces deseaban que las tabletas y la bebida milagrosas se terminaran, pero esto no sucedía, pues las que   Flora repartía en un día, como por arte de magia aparecían nuevamente en la canasta al siguiente.

Sucedió que un tío de Flora llegó a vivir  con ella y con la abuela  a  fin de ayudarlas en los  quehaceres de la casa pero tomó el papel de consejero. Viendo este señor que eran tan solicitados  los servicios de su sobrina, dijo a la abuela que estaban echando a perder un gran negocio-Ustedes deben cobrar consulta y el medicamento- les aconsejó. La anciana no tardó mucho en hacer caso a su sobrino y empezaron a cobrar. Flora no quería  hacerlo pero como siempre, los niños tienen obedecer las decisiones de los adultos aunque éstos no tengan la razón.

A partir del día en que empezaron a cobrar, el contenido de  la canasta se fue apocando rápidamente, ya no aparecían como por arte de magia las tabletas ni el brebaje. Llegó el momento en que se avisó a los que hacían fila que serían atendidos nada más ellos, a nadie más que llegara después, porque el medicamento se terminaba. Se armó un gran alboroto cuando el tío puso  guardias en la puerta del cerco con la orden de que nadie más entrara a la casa.

En realidad Flora deseaba que todo aquello terminara porque ese estilo de vida no le agradaba. La vida está hecha de muchos momentos y ella sólo tenía uno, atender a sus pacientes. Ellos le estaban robando sus fantasías. Ya no hacía viajes fantásticos en barquitos de papel por  arrulluelos o charcos después de la lluvia, tampoco se ponía sombreros de nubes o llenaba su cántaro con el canto de los pájaros, ni veía el firmamento durante las noches. Lo único que deseaba después de terminar su larga labor diaria, era irse a descansar y dormir.

Llegó el momento en el que no hubo más medicina y no pudo curar más las tristezas. Mucha gente no lo creía y seguía visitándola pero se regresaban con más tristezas sobre sus espaldas.

Su tío le pedía que hiciera tabletitas y un brebaje de cualquier cosa  para que el negocio siguiera. Flora se negó. – Lo que puedo hacer- le dijo al tío, es subirme al pico más alto de aquel cerro y esperar a que pase una estrella fugaz o un cometa, agarrarme de su cola y bajarme en la luna, para ver si es posible sacarle otro gajo, eso es lo más difícil. Agarrar pedazos de arco iris y de nubes en mucho más fácil, pues todos los días bajan y se pasean por la ladera de la colina.

La abuela y el tío estuvieron de acuerdo con la propuesta de Flora. Esta se pasaba días enteros y pedazos de noche  observando desde la cima del cerro. Tenía la esperanza de que pasaría  por allí algún cometa, de un salto trepar en su cola e irse hasta la luna. Los días y noches pasaban y nada sucedía. Ella no se preocupaba, al contrario se sentía alegre, porque lo que en verdad deseaba era seguir viviendo su niñez, es decir, jugar con sus amiguitas, trepar a los árboles, mirar las estrellas, los amaneceres y atardeceres, escuchar el Canto de los pájaros, andar descalza por los charcos y convivir más con su abuela.

Por fin sus parientes decidieron que ya no siguiera esperando el transporte que la llevaría a la luna. Lo más sensato era que Flora empezara a ir a la escuela. Así sucedió y ahora ya tenemos a Flora Flores asistiendo a la escuela del poblado próximo a su casa.

Autor: Isidro Aguilar López