Flora era una niña,  por su figura pequeñita parecía ser muy frágil. Su cuerpo no iba de acuerdo al enorme corazón que poseía. Sus ojos azules competían en belleza con los enormes espacios de cielo que se podían observar desde su casa, ubicada en la ladera de una pequeña colina no lejos de la ciudad. Vivía con sus abuelos quienes le daban toda clase de cuidados y la llenaban de amor.

Ella disfrutaba aquel medio en el que le tocó vivir su niñez. Gozaba trepar a los árboles  con otros niños de su edad, correr en la libertad y amplitud del campo, observar cuando la luna llena con todo su esplendor,  asomaba por los cerros cercanos, imitar en la hoja de un cuaderno,  los colores del arco iris después de la lluvia.

De la primavera amaba el canto de los pájaros, las flores silvestres y las del jardín de la abuela, con las que formaba  ramos que adornaban la sencilla mesa del hogar. Le parecía mágico ver cómo brotaban, se llenaban de flores y más tarde de frutos los manzanos, duraznos y perales.

Durante el verano observaba cómo las frutas iban cambiando de color en la medida que maduraban, pero lo que verdaderamente le encantaba era el otoño, época de cosecha de los frutales y del trigo del abuelo. Gozaba de la música del viento a cuyo ritmo caían bailando las hojas rojizas, amarillas o cafés. Lo que no le gustaba del otoño era que descobijaba a los pájaros los  que abandonaban sus nidos como cunas de niños ya crecidos.

Una noche de verano, después de estar contemplando el cielo con sus millones de estrellas y la Vía Láctea que atravesaba la bóveda celeste, se fue a dormir. Alimentado su espíritu con tanta belleza, pronto se quedó dormida y soñó que después de una lluvia mañanera, se formó un arco iris resplandeciente. Corrió hacia él, trepó por un extremo e hizo un columpio. Las aves la ayudaban a mecerse. Cuando se cansó, se deslizó por el resbaladero más colorido que había visto.

Al tocar tierra en su veloz bajada, decidió cortar varios pedazos de arco iris y los echó en una canasta que era utilizada para pizcar manzanas. Después hizo lo mismo con trozos de una nube blanca que se arrastraba por la colina. En el atardecer atrapó retazos de nubes color café, naranja y amarillo. Al obscurecer, sacó una tajada a la luna llena.

Con la canasta repleta de ese precioso cargamento, regresó a casa  donde cortó todo en pequeños pedazos y pasó varias horas trabajando con la licuadora. Parte del licuado lo convirtió en tabletas diminutas, el resto lo envasó en pequeñísimos frascos.

A partir de ese suceso,  Flora se convirtió en una especie de “dadora de felicidad”. Todo empezó cuando a la abuela nada le alegraba, ya no tenía deseos de vivir después de la muerte del abuelo.

Flora  recordó que la noche cuando tuvo el sueño, una voz le dijo  que aquel licuado curaría las tristezas, las penas y los desencantos. – Hoy lo pondré a prueba, dijo – Así que antes de que la abuela fuera a la cama, le dio a tomar una mini  tableta y una cucharadita de aquel raro   licuado. A la mañana siguiente la abuela amaneció reanimada, convencida de que la muerte es algo natural y la vida tiene que continuar, no en la tristeza, sino agradeciendo el tiempo que había tenido la oportunidad de compartir su vida con la del abuelo.

Todos los conocidos se dieron cuenta del enorme cambio que había  sufrido  la abuela, y fue de esta manera como se empezó a correr la voz, que en aquel lugar había una niña que hacía milagros y curaba a toda persona que tuviera alguna pena. Como el mundo está lleno de tristezas, en breve tiempo, los pacientes, algunos llegados desde lugares lejanos, hacían largas filas esperando recibir las tabletas y la bebida milagrosa que Flora recetaba a todos por igual. A partir de entonces empezó a ser conocida como Flora la Curadora.

Autor: Isidro Aguilar López